Why do we Renew our Baptismal Promises?

04-21-2019Liturgy CornerMarlon De La Torre, MA, MEd. and Stephen Beale

Baptism is a crucially important sacrament. It’s the only sacrament mentioned explicitly in the Nicene Creed. Christ’s specially appointed forerunner was John the Baptist. And the first thing Christ did in His public ministry was to get baptized. Our human identity is intimately linked to the sacrament of Baptism. This may come as a surprise to some but the reality of our existence is intertwined to this first sacrament of initiation because it provides us with a rebirth as sons and daughters of God. The solemn significance of baptism is underscored by the fact that it can only be done once and is irreversible. As the Catechism of the Catholic Church puts it, “Baptism seals the Christian with the indelible spiritual mark (character) of his belonging to Christ. No sin can erase this mark, even if sin prevents Baptism from bearing the fruits of salvation. Given once for all, baptism cannot be repeated.”

If we are already baptized and have made a profession of faith either via our parents at infancy or as catechumens (unbaptized Christians) isn’t this sufficient? As outlined in the stages of the Christian initiation process, our identity as baptized Catholics simply does not end at Baptism. It opens the door to seek a genuine and edifying communion with Christ that can only be accomplished by taking the first step toward Christ in Baptism. Our post-baptismal journey requires us to continually seek and live out a more mature response to God’s love for us (CCC 1253).

We renew our baptismal promises: to openly and directly reject the temptation of sin, the devil himself and his empty promises; to publicly and openly profess our faith to Jesus Christ the Son of the living God who died for our sins and found the one, holy, catholic and apostolic church; to grow in sanctity to hear our Lord more clearly; to be Christ-like to others; and to prepare for our final resting place with God. If we are baptized into Christ’s death, then we are also baptized into His life as witnessed by His resurrection.

¿Por qué Renovamos nuestros Promesas Bautismales?

El bautismo es un sacramento de importancia crucial. Es el único sacramento mencionado explícitamente en el Credo de Niceno. El precursor especialmente designado de Cristo fue Juan el Bautista. Y lo primero que hizo Cristo en su ministerio público fue bautizarse. Nuestra identidad humana está íntimamente ligada al sacramento del Bautismo. Esto puede sorprender a algunos, pero la realidad de nuestra existencia está relacionada con este primer sacramento de iniciación porque nos proporciona un renacimiento como hijos e hijas de Dios. El solemne significado del bautismo está subrayado por el hecho de que solo puede hacerse una vez y es irreversible. Como lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica, “El bautismo sella al cristiano con la marca espiritual indeleble (carácter) de su pertenencia a Cristo. Ningún pecado puede borrar esta marca, incluso si el pecado evita que el Bautismo lleve los frutos de la salvación. Dado de una vez por todos, el bautismo no puede repetirse”.

Si ya estamos bautizados y hemos hecho una profesión de fe, ya sea a través de nuestros padres en la infancia, o como catecúmenos (cristianos no bautizados), ¿no es esto suficiente? Como se describe en las etapas del proceso de iniciación cristiana, nuestra identidad como católicos bautizados simplemente no termina en el bautismo. Abre la puerta para buscar una comunión genuina y edificante con Cristo que solo se puede lograr dando el primer paso hacia Cristo en el bautismo. Nuestro viaje posterior al bautismo requiere que continuamente busquemos y vivamos una respuesta más madura al amor de Dios por nosotros (CCC 1253).

Renovamos nuestras promesas bautismales: rechazar abierta y directamente la tentación del pecado, el diablo mismo y sus promesas vacías; a profesar públicamente y abiertamente nuestra fe a Jesucristo, el Hijo del Dios vivo que murió por nuestros pecados y inició la única iglesia santa, católica y apostólica; crecer en santidad para escuchar a nuestro Señor más claramente; ser semejante a Cristo para los demás; y prepararse para nuestro lugar de descanso final con Dios. Si somos bautizados en la muerte de Cristo, entonces también somos bautizados en su vida como lo atestigua su resurrección.

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